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¿PARA QUÉ TEATRO?
Qué preguntas me hacéis. Centrémonos. No vayamos a elucubrar allá donde no nos corresponde. ¿Para qué teatro aficionado? Preguntádselo a los aficionados, ellos lo tiene muy claro aunque temo que no sepan explicarlo. ¿Y para qué teatro escolar o universitario? Mucho me temo que este tipo de preguntas no vayan dirigidas a los que hacen teatro, sino a aquellos que dejan hacer teatro (padres, autoridades académicas...). Y como no somos quiénes para aconsejar a unos padres o académicos, dejemos que hable el oráculo. El oráculo también se llama Curtis Canfield, americano, profesor de Harvard, autor de uno de los mejores manuales de Dirección Escénica que se conoce. En ese libro, al final, en el apartado dedicado al teatro universitario, Canfield, partiendo de la base de que cada alumno solo necesita dominar el 60 % aproximado de su carrera para aprobar y así obtener su licenciatura, escribe: “A diferencia del juicio académico, que proporciona títulos por mucho menos que un trabajo perfecto, el público crítico, que ha adquirido el derecho de apreciar los logros de los estudiantes que actúan en la función, no pide menos del 100% de cada uno de ellos. (...) Un fracaso en un examen es una cuestión privada entre el estudiante y el profesor; y se corregirá más adelante mediante otro examen o gracias a la obtención de promedios más elevados en exámenes subsiguientes. Un fracaso en el escenario no se puede rectificar. [A este respecto nos permitimos añadir que un fracaso en teatro escolar o universitario equivale a que la obra, finalmente, no ve la luz, se suspende para siempre.] |
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